miércoles, 5 de noviembre de 2014

Noche de muertos, fiesta de vida

Los pueblos ancestrales que poblaban la Península del Yucatán veían la muerte como parte de un ciclo infinito. Como escribe Octavio Paz en El laberinto de la soledad (lectura obligada para comprender en algo está rica cultura), "vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico, que se repetía insaciable". Al igual que la serpiente, la cual adoraban, que cambia de piel renovándose en cada ciclo. Los muertos eran enterrados con sus pertenencias más preciadas y alimentos, pues las almas tenían que emprender un largo recorrido, más o menos duro dependiendo de la causa de muerte. Por supuesto, los guerreros que caían en la batalla tenían reservado el viaje más placentero.
Una vez al año, estas almas vuelven a su lugar de origen, o al menos así lo cree la gente hasta el día de hoy. En esa fecha -1 de noviembre para los niños y 2 los adultos- los vivos tienen la posibilidad de comunicarse con sus muertos. Por eso les hacen altares, con velas y flores de cempasúchil que con su intenso aroma y color guían a las almas en su retorno, también colocan fruta, pan y agua, para saciar el hambre y sed producidos por el largo recorrido; y las cosas que le gustaban a la persona cuando aún estaba viva, como su comida favorita, y sus vicios como el tequila o cigarros.
La tradición ha sobrevivido al paso de los años, y aunque ha experimentado algunos cambios con los españoles primero y con Halloween después, aún hoy se celebra como una verdadera fiesta, en el más puro sentido de la palabra.
Y aunque se conmemora en todo México, el mejor lugar para vivirla es Patzcuaro y la cercana isla de Janitzio, en el estado de Michoacán.
Llegamos el sábado 1 como a la hora de almuerzo. "Todo el mundo viene aquí, espero que tengan reserva", nos dijo el taxista que tomamos a la salida de la estación de buses. El centro, con sus plazas y edificios coloniales, hervía de gente. Mexicanos y extranjeros venidos de todas partes del mundo para ser parte de la fiesta. Los puestos de comida y artesanía, músicos y bailarines se tomaron las calles generando un caos irresistiblemente atractivo. Los locales vestían trajes típicos, sombreros de paja y se pintaban la cara de calaveras. Y entre medio de telares, cestos de paja y dulces, aparecían las "catrinas", popularizadas por el muralista Diego de Rivera, figuras de calaveras vestidas con elegantes ropajes, como una burla hacia la muerte muy propia de los mexicanos. Era palpar una cultura viva, llena de color y riqueza.
Pero la verdadera fiesta es en la noche, en Janitzio. Y llegar allá fue toda una aventura. Caminamos hasta el muelle -el tráfico era terrible- y ahí, no quedaba otra que sumergirse en medio de la masa humana para poder subirse a una lancha que nos llevara hasta la isla. Estaba repleta y hacia frío, pero a la gente no parecía importarle. Estaban todos felices. Había familias enteras, con guaguas incluidas, viejos, niños y muchos jóvenes que iban a taquillar. Este es EL evento del año. 
Al llegar, la gente no cabía por las estrechas callejuelas y se mezclaba entre medio de los puestos que vendían desde quesadillas hasta tequila. Más bailes y música. La algarabía era total. El plato fuerte sin duda era el panteón, unos pocos metros de tierra a orillas de la isla, completamente adornado con flores y velas. Al lado de cada tumba, mujeres de distintas edades bien envueltas en mantas. Se quedarían toda la noche, inmóviles, velando a sus muertos. 
Resulta impresionante, en esta época, que aún existan esas muestra de fervor y de generosidad, de sentido de pertenencia y de comunidad. Esa forma de celebrar la muerte con vida. De celebrar intensamente, gozando cada minuto, porque no sabemos en qué instante pasaremos a ser una de esas almas errantes. Eso es precisamente lo que nos recuerda las calaveras de dulce que los mexicanos regalan a sus cercanos con su nombre escrito en la frente. Porque la muerte nos llega a todos, la vida hay que vivirla a concho.





martes, 4 de noviembre de 2014

México infinito

México es un país inmenso, en el pleno sentido de la palabra. Su vasto territorio alberga a unos 115 millones de personas y la región metropolitana de Ciudad de México, 20... Más que toda la población de Chile junta. Ahora entiendo el concepto de "Mega-metrópolis" del que hablan los expertos en geografía humana. Aquí todo es grande: sus parques (el de Chapultepec, en pleno corazón de la ciudad, es como Central Park), su sistema de transporte con 14 líneas de metro, su catedral monumental, su manto de casas y edificios que pareciera no terminar nunca cuando se observa desde el avión.
Pero su inmensidad también se refleja en su cultura de una riqueza infinita. Es impactante ver las pirámides de Teotihuacán, cuya capital llegó a albergar, en su época de oro, a unas 2 mil personas. Por aquí pasaron mexicas, aztecas, mayas y un sinfín de otras civilizaciones que dejaron un rico legado en las más variadas disciplinas, desde la agronomía a la arquitectura, pasando por la astronomía, la religión, la escritura, etc. 
Aquí los libros de historia que uno leyó en el colegio cobran vida. Los mexicas eran unos expertos constructores: levantaron una imponente ciudad, con sus grandes templos y edificios administrativos sobre una isla, unida a tierra firme a través de unas especies de puentes o terraplenes que fueron armando a través de unas balsas de troncos que rellenaban de tierra; con esa misma técnica constructiva le fueron ganando tierra al lago, agrandando la isla donde actualmente se sitúa Ciudad de México. Cómo los españoles destruyeron todo eso, es la pregunta que me surge al ver las maravillosas esculturas y figuras que aún guardan el Museo Antropológico y del Templo Mayor. Esa arrogancia de aplastar todo e imponer su cultura, su religión, su idioma, su visión del mundo. Debajo de los imponentes edificios ubicados en torno al zócalo, aún descansan los restos de las antiguas pirámides de Tenochtitlán. Impactante.
También es inmensa la variedad de comidas, de salsas, ajíes, maiz, yucas, tequilas y mezcales, de puestos callejeros que pueblan las calles, hasta en el exclusivo barrio de Polanco. Son inmensas sus costumbres, sus creencias, su cosmogonía. El arte, con sus figuras de papel maché, cerámica y madera,  llenas de color. Su música repleta de rancheras y boleros, y siempre alguien dispuesto a tocarla guitarra en mano, ya sea en un restaurant, en el bus o en el metro. Su paciencia, que les permite circular entre medio de las masas o hacer filas eternas, sin alterar su ánimo en lo más mínimo. Su capacidad para andar de punta en blanco, los hombres bien engominados y los zapatos relucientes (hay lustrabotas casi en cada esquina) y las mujeres bien pintadas y peinadas (abundan las peluquerías y barberías). Es inmenso su carácter, de una amabilidad infinita, hasta para decirte que no a algo lo hacen con unas maneras exquisitas ("les agradecería que buscaran otro taxi por favor", nos dijo un taxista al rechazar la tarifa exhorbitante que nos quería cobrar, sin alterar en un ápice su tono de voz).
Y acá estamos, arriba de un bus, en dirección a Patzcuaro, un pueblo que aún conserva el pasado colonial, a unas 6 horas de Ciudad de México, para ver una de las tradiciones más famosas de este país: el día de muertos.




viernes, 10 de octubre de 2014

Conexión con la vida

Al desayuno nadie tenía cara de querer volver. Disfrutamos Los últimos huevos de campo mirando el mar. Ahora cruzábamos los dedos e invocábamos a los dioses para que el avión se retrasara un día más. Pero, el cielo azul presagiaba más que buenas condiciones climáticas.
Había que aprovechar para hacer el último paseo, así que nos encaramamos nuevamente entre medio de los cerros. Un poco dura la primera parte, pero las vistas hacia el pueblo y la bahía eran impagables.
Al llegar al mirador del Centinela, se logra ver hacia el otro lado de la isla: una densa vegetación y luego el mar brillante. No hay palabras.
Descendimos hacia el otro lado y nos internamos entre medio de los árboles. De repente, sonidos de pájaros y a menos de un metro, el picaflor de Juan Fernández. Habían varios revoloteando.
Seguimos por el sendero y en unos minutos llegamos al Rabanal, un bosque de lumas. De troncos claros y de caprichosas formas, reflejaban un esplendor especial cuando se colaban los rayos de luz. Precioso. Fue uno de mis lugares favoritos.
Regresamos al hotel, la ducha de rigor y nos subimos con mochilas y todo rumbo al pueblo. Me dio pena despedirme de la gente. Todos fueron realmente amables.
La despedida tenía que ser con buena comida. En mi caso, con un buen cebiche de pulpo, blando como pocas veces he probado... De repente cayó una fuerte lluvia, en diagonal, que nos hizo abrigar la esperanza de quedarnos...
Pero fue breve y partimos al muelle. "Está movida la cosa", nos advirtieron. Entre ola y ola quedamos empapados! Por suerte el gorotex hace lo suyo...  Llegamos al muelle después de una hora y ahí estaban los lobos marinos haciendo sus gracias. De ahí la camioneta, el camino empinado, los abrazos de despedida y arriba del avión. Esta vez no hubo vuela atrás y nos fuimos directo a Santiago...
Fue una aventura, sin duda. Pero fue sobre todo uno de esos viajes que llenan el alma. No sólo por los paisajes alucinantes, potentes, mágicos, sino por todo lo que te hace reflexionar. Sentir que uno vive disociado del mundo "real", de la naturaleza, del entorno. Que tanto estrés y agobio no tiene mucho sentido. Aquí la gente vive a otro ritmo, tiene menos cosas, las necesarias, tiene un wifi que se cae todo el rato y señal de teléfono sólo en algunos puntos. La gente conversa entre sí, se saluda, se ayuda, comparte. Tienen problemas, se quejan, la vida no es fácil... Claro. Pero es una vida más a escala humana. 
Este viaje fue una conexión conmigo misma. También con los otros. No sólo la gente de la isla, también con mis compañeros de grupo. Es entretenido descubrir sus historias. Somos todos distintos, pero unidos no sólo por una pasión, sino también por una búsqueda de tener una vida con más sentido. Eso es reconfortante.
Ahora, en mi departamento, en plena ciudad, siento que de alguna manera sigo en la isla. O que un pedacito de la isla se vino conmigo. Me fascinó esa rudeza, esa naturaleza agreste, que poco a poco deja entrever sus secretos. Constatar, una vez más, que es posible vivir de otra manera. También esa sensación de sentirse un punto en medio de la naturaleza inmensa, te da ese sentido de necesaria humildad. Fue un viaje redondo. De esas experiencias que te hacen regresar con la retina repleta de imágenes y el corazón más hinchado, más conectada, más contenta, más viva en el pleno sentido de la palabra. 




miércoles, 8 de octubre de 2014

Los isleños

Hay algo en esta isla que me sorprende tanto como el paisaje: su gente. En esta tierra escarpada viven unas 700 almas, aunque en la época del verano aumenta un poco con el regreso de los jóvenes que van a estudiar al continente. Muchos son nacidos y criados, hijos o nietos de los colonos que un día se instalaron y aprendieron a arar la tierra, criar animales y a satisfacer sus necesidades básicas. Aquí llegó de todo. Europeos, chilenos, aventureros, comerciantes, ganaderos, pescadores. Otros han llegado hace unos pocos años o incluso meses, traídos por esas intrincadas vueltas del destino: un trabajo, una pareja, unas vacaciones. 
Aquí todos se conocen por el nombre. La gente se saluda en la calle, aunque no te conozcan. Todos saben a quién pertenece tal bote o tal caballo. Aquí la gente ha aprendido a vivir con menos y a ser felices con las cosas simples. Aquí hay que ser un poco rudo, porque la vida no es fácil. Aquí llueve fuerte, los caminos son de tierra, no hay semáforos, la mayoría se dedica a la pesca de la langosta. Acá la gente espera  las cosas que trae el barco cada 15 días, y si la mar está mala, se quedan sin verduras porque se echan a perder. Acá la gente canta con guitarra y tambores. Y hay una bandera chilena casi en cada casa. Muchos parten a estudiar al continente, pero siempre vuelven, por que "la isla tira", dicen.
Aquí son bien machistas. El hombre tiene la última palabra. Pero protegen y cuidan a su mujer. Aquí la gente te conversa y está ávida de hablar con los recién llegados. Lo mejor fue la empanada de cangrejo con una cerveza bien conversada con el dueño del restorán y los pescadores, sobre la vida en la isla y en el mar. Hasta nos invitaron a un cumpleaños con unas vidriolas al disco... Hubiera ido encantada, pero en el hotel nos esperaban con música isleña, chivito al palo y langosta a la parrilla. Y más conversa mirando el mar. 
Esto sí que es hacer patria. Y para mí, un cable a tierra. Un conectarse con lo simple. El constatar que no necesito tantas cosas. En que la vida de verdad tiene menos Facebook y whatsapp, y más conversaciones cara a cara. Y si es con una rica comida y una buena copa de vino, tanto mejor.


martes, 7 de octubre de 2014

El tesoro

Dicen que entre tanto pirata y corsario que pasó por la isla, hay más de un tesoro escondido en ella. Famoso es un gringo que lleva más de 15 años cavando, con un costo de más de 3 millones de dólares. Hay historias de que antes, después de las lluvias, los riachuelos traían moneditas de oro que los niños recogían.
La isla está llena de tesoros, sin duda. El picaflor de Juan Fernández, con su plumaje de un rojo intenso y su aletear veloz, es uno de ellos. También el cachudito, ambos endémicos de la isla. A los dos los encontramos tras internarnos en un pangal, un verdadero  bosque de nalcas gigantes con sus flores rojas. Parecía como sacado de la prehistoria, como si en cualquier momento aparecería un dinosaurio. Era increíble estar ahí. 
Luego, árboles cubiertos de musgo, riachuelos, alfombras de flores, hojitas, troncos, gotitas de agua. Como un micromundo lleno de detalles. Y al alzar la vista, el cerro el Yunque, a 900 m de altura. Alucinante.
Pero tan alucinante como la tierra es el mar. Provistos de traje de neoprén, gualetas y lentes, nos lanzamos a un snorkeling por las aguas turquesa. Lo primero que soprende, tras el primer impacto del agua fría -aunque menos que en el continente- es su transparencia. Ni si quiera hay que alejarse de la costa para ver los pampanitos, unos pequeños peces bien azules. Y luego, el mundo submarino: estrellas de mar, langostas, pulpos, erizos... Es precioso, en verdad uno no lo puede creer. Me sentí como un Jacques Custaeu cualquiera.
A la mitad del trayecto, eso sí, sentí que mis piernas no me iban a responder mucho tiempo más. Así que decidí regresar. Con lo que había visto ya me daba más que por pagada. Los que siguieron tuvieron la recompensa de nadar con los lobos marinos. Una maravilla. Eran cómo perritos, me dijeron. Para la próxima...




lunes, 6 de octubre de 2014

Encaramados por los cerros

Para conocer la isla hay que subir, encaramarse entre medio de las escarpadas rocas, recorrer sus senderos y observarla desde sus elevadas cumbres. Sólo así se puede observar su abrupta geografía, la inmensidad del mar que la rodea, sus colores que varían en todas las tonalidades posibles. Y también permite internarse entre medio de su vegetación, que a veces es tan densa como la selva patagónica. Helechos, nalcas gigantes que aquí se llaman pangues, Juan bueno con sus flores moradas y alargadas como copihues, zarzamoras, nomeolvides que parecían una verdadera alfombra celeste, amapolas de un rojo intenso... Un regalo.
Pero no es gratuito. Hay que pagar un precio alto por él: senderos serpenteantes que suben y suben, y que luego se transforman en escalones de piedra cual "camino del Inca", hasta llegar al Mirador de Selkirk. Claro que la recompensa es proporcional al esfuerzo: una vista incomparable a los dos lados de la isla, tal como si fuera una maqueta perfectamente hecha.
Luego de las fotos de rigor -que, como expedición fotográfica, no son pocas- comenzamos a descender por el ondulado camino que va orillando la isla hasta llegar al aeropuerto -tras los benditos 22 km. Ante el paisaje inmenso y sobrecogedor, me siento cual hobbit en "El señor de los anillos". Al final se llega más por inercia que por otra cosa, pero las fotos en la cámara pagan con creces el esfuerzo. 



domingo, 5 de octubre de 2014

La isla de la aventura

Robinson Crusoe sobrecoge. Sus acantilados escarpados que parecen cortados a cuchillo, el color profundo de sus aguas, la aridez que contrasta con tupidos bosques. Aquí el escenario es agreste, dramático, sin puntos medios.
Una vez aterrizados, nos subimos a una camioneta que bajó por un camino serpentiante que nos dejó en un muelle. Entre medio de las rocas aparecieron un montón de lobos marinos que jugaban como si nadie los viera. Sacamos pantalón y parka impermeable, y nos subimos a un bote que nos dejaría en el pueblo tras 40 minutos de navegación bordeando las altas paredes de roca. La otra forma de llegar es caminar unas 5 horas por un sendero de 22 km...
Llegar al lodge fue como un sueño. A unos 2 km del pueblo, metido entre medio de las rocas, aparecen unos cubos negros con unas terrazas que invitan a instalarse a mirar el mar. Nos esperaban unos pisco sours, unos cebiches de vidriola -exquisito pescado de carne blanca y firme- y unas empanadas de cangrejo dorado que comería de aquí a la eternidad... Uffff No podíamos creer que estábamos ahí. Brindamos felices y nos devoramos un rico risotto de pulpo... Era el premio a la perseverancia. 
Me hubiera quedado feliz echada en la hamaca de la terraza, pero había que mover un poco las piernas... Nos subimos arriba del auto, una especie de buggie sin puertas ni ventanas y nos dirigimos al pueblo en un camino de tierra cual rally Dakar. 
Imposible no pensar ni hablar del accidente de hace un par de años ni del tsunami. La mayoría de las construcciones nuevas, especialmente en el plano, daban cuenta de hasta dónde había llegado la ola. Triste. Se encoge un poco el alma al pensar en ambos eventos, en tratar de imaginarlos.
Pero la isla está llena de vida y eso también llena de emoción. Nos encaramamos por los cerros hasta el mirador de "Sal si puedes". Hace meditar un poco el nombre, pero la vista al pueblo es un verdadero regalo. Se ve la  bahía Cumberland en pleno, con sus cerros ondulados que bajan en caída libre hasta el mar, con sus colores intensos. Y ese, sólo era el comienzo.