viernes, 10 de octubre de 2014

Conexión con la vida

Al desayuno nadie tenía cara de querer volver. Disfrutamos Los últimos huevos de campo mirando el mar. Ahora cruzábamos los dedos e invocábamos a los dioses para que el avión se retrasara un día más. Pero, el cielo azul presagiaba más que buenas condiciones climáticas.
Había que aprovechar para hacer el último paseo, así que nos encaramamos nuevamente entre medio de los cerros. Un poco dura la primera parte, pero las vistas hacia el pueblo y la bahía eran impagables.
Al llegar al mirador del Centinela, se logra ver hacia el otro lado de la isla: una densa vegetación y luego el mar brillante. No hay palabras.
Descendimos hacia el otro lado y nos internamos entre medio de los árboles. De repente, sonidos de pájaros y a menos de un metro, el picaflor de Juan Fernández. Habían varios revoloteando.
Seguimos por el sendero y en unos minutos llegamos al Rabanal, un bosque de lumas. De troncos claros y de caprichosas formas, reflejaban un esplendor especial cuando se colaban los rayos de luz. Precioso. Fue uno de mis lugares favoritos.
Regresamos al hotel, la ducha de rigor y nos subimos con mochilas y todo rumbo al pueblo. Me dio pena despedirme de la gente. Todos fueron realmente amables.
La despedida tenía que ser con buena comida. En mi caso, con un buen cebiche de pulpo, blando como pocas veces he probado... De repente cayó una fuerte lluvia, en diagonal, que nos hizo abrigar la esperanza de quedarnos...
Pero fue breve y partimos al muelle. "Está movida la cosa", nos advirtieron. Entre ola y ola quedamos empapados! Por suerte el gorotex hace lo suyo...  Llegamos al muelle después de una hora y ahí estaban los lobos marinos haciendo sus gracias. De ahí la camioneta, el camino empinado, los abrazos de despedida y arriba del avión. Esta vez no hubo vuela atrás y nos fuimos directo a Santiago...
Fue una aventura, sin duda. Pero fue sobre todo uno de esos viajes que llenan el alma. No sólo por los paisajes alucinantes, potentes, mágicos, sino por todo lo que te hace reflexionar. Sentir que uno vive disociado del mundo "real", de la naturaleza, del entorno. Que tanto estrés y agobio no tiene mucho sentido. Aquí la gente vive a otro ritmo, tiene menos cosas, las necesarias, tiene un wifi que se cae todo el rato y señal de teléfono sólo en algunos puntos. La gente conversa entre sí, se saluda, se ayuda, comparte. Tienen problemas, se quejan, la vida no es fácil... Claro. Pero es una vida más a escala humana. 
Este viaje fue una conexión conmigo misma. También con los otros. No sólo la gente de la isla, también con mis compañeros de grupo. Es entretenido descubrir sus historias. Somos todos distintos, pero unidos no sólo por una pasión, sino también por una búsqueda de tener una vida con más sentido. Eso es reconfortante.
Ahora, en mi departamento, en plena ciudad, siento que de alguna manera sigo en la isla. O que un pedacito de la isla se vino conmigo. Me fascinó esa rudeza, esa naturaleza agreste, que poco a poco deja entrever sus secretos. Constatar, una vez más, que es posible vivir de otra manera. También esa sensación de sentirse un punto en medio de la naturaleza inmensa, te da ese sentido de necesaria humildad. Fue un viaje redondo. De esas experiencias que te hacen regresar con la retina repleta de imágenes y el corazón más hinchado, más conectada, más contenta, más viva en el pleno sentido de la palabra. 




miércoles, 8 de octubre de 2014

Los isleños

Hay algo en esta isla que me sorprende tanto como el paisaje: su gente. En esta tierra escarpada viven unas 700 almas, aunque en la época del verano aumenta un poco con el regreso de los jóvenes que van a estudiar al continente. Muchos son nacidos y criados, hijos o nietos de los colonos que un día se instalaron y aprendieron a arar la tierra, criar animales y a satisfacer sus necesidades básicas. Aquí llegó de todo. Europeos, chilenos, aventureros, comerciantes, ganaderos, pescadores. Otros han llegado hace unos pocos años o incluso meses, traídos por esas intrincadas vueltas del destino: un trabajo, una pareja, unas vacaciones. 
Aquí todos se conocen por el nombre. La gente se saluda en la calle, aunque no te conozcan. Todos saben a quién pertenece tal bote o tal caballo. Aquí la gente ha aprendido a vivir con menos y a ser felices con las cosas simples. Aquí hay que ser un poco rudo, porque la vida no es fácil. Aquí llueve fuerte, los caminos son de tierra, no hay semáforos, la mayoría se dedica a la pesca de la langosta. Acá la gente espera  las cosas que trae el barco cada 15 días, y si la mar está mala, se quedan sin verduras porque se echan a perder. Acá la gente canta con guitarra y tambores. Y hay una bandera chilena casi en cada casa. Muchos parten a estudiar al continente, pero siempre vuelven, por que "la isla tira", dicen.
Aquí son bien machistas. El hombre tiene la última palabra. Pero protegen y cuidan a su mujer. Aquí la gente te conversa y está ávida de hablar con los recién llegados. Lo mejor fue la empanada de cangrejo con una cerveza bien conversada con el dueño del restorán y los pescadores, sobre la vida en la isla y en el mar. Hasta nos invitaron a un cumpleaños con unas vidriolas al disco... Hubiera ido encantada, pero en el hotel nos esperaban con música isleña, chivito al palo y langosta a la parrilla. Y más conversa mirando el mar. 
Esto sí que es hacer patria. Y para mí, un cable a tierra. Un conectarse con lo simple. El constatar que no necesito tantas cosas. En que la vida de verdad tiene menos Facebook y whatsapp, y más conversaciones cara a cara. Y si es con una rica comida y una buena copa de vino, tanto mejor.


martes, 7 de octubre de 2014

El tesoro

Dicen que entre tanto pirata y corsario que pasó por la isla, hay más de un tesoro escondido en ella. Famoso es un gringo que lleva más de 15 años cavando, con un costo de más de 3 millones de dólares. Hay historias de que antes, después de las lluvias, los riachuelos traían moneditas de oro que los niños recogían.
La isla está llena de tesoros, sin duda. El picaflor de Juan Fernández, con su plumaje de un rojo intenso y su aletear veloz, es uno de ellos. También el cachudito, ambos endémicos de la isla. A los dos los encontramos tras internarnos en un pangal, un verdadero  bosque de nalcas gigantes con sus flores rojas. Parecía como sacado de la prehistoria, como si en cualquier momento aparecería un dinosaurio. Era increíble estar ahí. 
Luego, árboles cubiertos de musgo, riachuelos, alfombras de flores, hojitas, troncos, gotitas de agua. Como un micromundo lleno de detalles. Y al alzar la vista, el cerro el Yunque, a 900 m de altura. Alucinante.
Pero tan alucinante como la tierra es el mar. Provistos de traje de neoprén, gualetas y lentes, nos lanzamos a un snorkeling por las aguas turquesa. Lo primero que soprende, tras el primer impacto del agua fría -aunque menos que en el continente- es su transparencia. Ni si quiera hay que alejarse de la costa para ver los pampanitos, unos pequeños peces bien azules. Y luego, el mundo submarino: estrellas de mar, langostas, pulpos, erizos... Es precioso, en verdad uno no lo puede creer. Me sentí como un Jacques Custaeu cualquiera.
A la mitad del trayecto, eso sí, sentí que mis piernas no me iban a responder mucho tiempo más. Así que decidí regresar. Con lo que había visto ya me daba más que por pagada. Los que siguieron tuvieron la recompensa de nadar con los lobos marinos. Una maravilla. Eran cómo perritos, me dijeron. Para la próxima...




lunes, 6 de octubre de 2014

Encaramados por los cerros

Para conocer la isla hay que subir, encaramarse entre medio de las escarpadas rocas, recorrer sus senderos y observarla desde sus elevadas cumbres. Sólo así se puede observar su abrupta geografía, la inmensidad del mar que la rodea, sus colores que varían en todas las tonalidades posibles. Y también permite internarse entre medio de su vegetación, que a veces es tan densa como la selva patagónica. Helechos, nalcas gigantes que aquí se llaman pangues, Juan bueno con sus flores moradas y alargadas como copihues, zarzamoras, nomeolvides que parecían una verdadera alfombra celeste, amapolas de un rojo intenso... Un regalo.
Pero no es gratuito. Hay que pagar un precio alto por él: senderos serpenteantes que suben y suben, y que luego se transforman en escalones de piedra cual "camino del Inca", hasta llegar al Mirador de Selkirk. Claro que la recompensa es proporcional al esfuerzo: una vista incomparable a los dos lados de la isla, tal como si fuera una maqueta perfectamente hecha.
Luego de las fotos de rigor -que, como expedición fotográfica, no son pocas- comenzamos a descender por el ondulado camino que va orillando la isla hasta llegar al aeropuerto -tras los benditos 22 km. Ante el paisaje inmenso y sobrecogedor, me siento cual hobbit en "El señor de los anillos". Al final se llega más por inercia que por otra cosa, pero las fotos en la cámara pagan con creces el esfuerzo. 



domingo, 5 de octubre de 2014

La isla de la aventura

Robinson Crusoe sobrecoge. Sus acantilados escarpados que parecen cortados a cuchillo, el color profundo de sus aguas, la aridez que contrasta con tupidos bosques. Aquí el escenario es agreste, dramático, sin puntos medios.
Una vez aterrizados, nos subimos a una camioneta que bajó por un camino serpentiante que nos dejó en un muelle. Entre medio de las rocas aparecieron un montón de lobos marinos que jugaban como si nadie los viera. Sacamos pantalón y parka impermeable, y nos subimos a un bote que nos dejaría en el pueblo tras 40 minutos de navegación bordeando las altas paredes de roca. La otra forma de llegar es caminar unas 5 horas por un sendero de 22 km...
Llegar al lodge fue como un sueño. A unos 2 km del pueblo, metido entre medio de las rocas, aparecen unos cubos negros con unas terrazas que invitan a instalarse a mirar el mar. Nos esperaban unos pisco sours, unos cebiches de vidriola -exquisito pescado de carne blanca y firme- y unas empanadas de cangrejo dorado que comería de aquí a la eternidad... Uffff No podíamos creer que estábamos ahí. Brindamos felices y nos devoramos un rico risotto de pulpo... Era el premio a la perseverancia. 
Me hubiera quedado feliz echada en la hamaca de la terraza, pero había que mover un poco las piernas... Nos subimos arriba del auto, una especie de buggie sin puertas ni ventanas y nos dirigimos al pueblo en un camino de tierra cual rally Dakar. 
Imposible no pensar ni hablar del accidente de hace un par de años ni del tsunami. La mayoría de las construcciones nuevas, especialmente en el plano, daban cuenta de hasta dónde había llegado la ola. Triste. Se encoge un poco el alma al pensar en ambos eventos, en tratar de imaginarlos.
Pero la isla está llena de vida y eso también llena de emoción. Nos encaramamos por los cerros hasta el mirador de "Sal si puedes". Hace meditar un poco el nombre, pero la vista al pueblo es un verdadero regalo. Se ve la  bahía Cumberland en pleno, con sus cerros ondulados que bajan en caída libre hasta el mar, con sus colores intensos. Y ese, sólo era el comienzo.





sábado, 4 de octubre de 2014

La segunda es la vencida

Como un déja vu, la alarma volvió a sonar a las 6:30 am, nos volvimos a vestir de "exploradores" y se volvió a repetir el rito de llegar a la pista aérea, aunque confieso que con poco optimismo esta vez. Las versiones, contradictorias, me mantenían en una posición más bien escéptica. Pero el buen humor y las tallas no faltaron... 
Esta vez no hubo fotos. Simplemente subimos al avión, por segunda vez. Tendríamos una ventana de buen tiempo, se suponía. Los vientos hacen muy cambiantes las condiciones climáticas en esta época, nos explicaron. 
En fin. Acá estamos. Nuevamente en las alturas, aunque esta vez logramos salir del continente y ya estamos aventurados sobrevolando el mar. Miro abajo y entre medio de las nubes, se alcanza a vislumbrar este enorme Océano Pacífico y hasta algunas olas con su espuma blanca... Y me dejo llevar por la inmensidad... 
Hasta que me empiezo a congelar. Frío!!!! Mientras me cierro la parka, veo a mis compañeros de expedición con gorros y tiritando... Es la hora del snak, a ver si con unas caloría extras entramos en calor. 
Veinte minutos para aterrizar, nos avisan, cuando son las 11:25 am, tras una hora y media más menos de vuelo.
De pronto, las nubes dan paso a una porción de tierra maciza y escarpada. La emoción es indescriptible. El color azul profundo, turquesa, contrasta con el verde intenso de los cerros... Un poco de inquietud al ver la pista, corta, que aparece al final de una punta; el avión tambalea de lado a lado hasta
que aterriza. Aplauso cerrado. Una sonrisa pegada a nuestros rostros. Llegamos. Por fin.





viernes, 3 de octubre de 2014

Juan Fernández, primer intento

Dos fueron las respuestas ante mi anuncio de que viajaría a Juan Fernández: ¡qué rico!, me dijeron los más osados; mientras que los más cautos me miraron con cara de preocupación interrogándome si iría en barco o avión. Por supuesto, al responder que el medio de transporte elegido era el segundo, la mueca empeoraba. ¡Qué susto!, me espetaron.
Y sí, aunque suelo ser una persona más bien arrojada por la vida, confieso sentir cierta preocupación en el fondo de mi alma. Pero, acá estoy, a 3.500 m de altura, observando cerros como islas que emergen de entre un mar de nubes, en un avión a hélice de 14 asientos.
La aventura comenzó desde el comienzo, incursionando por los sectores aledaños del aeropuerto hasta llegar a la pista de Aerocardal, desde donde despegaríamos. Es el sector vip, donde llegan los aviones privados. Luego, debimos esperar más de dos horas a que amainara la lluvia en Robinson Crusoe y las condiciones para aterrizar fueran las adecuadas... Se suponía...
Lo que no me imaginaba, es que en pleno vuelo nos comunicarían que la isla se había vuelto a cubrir de nubes y que no podríamos aterrizar, por lo que regresaríamos a Santiago.
Lo más probable es que no podremos volar en todo el día y tendremos que esperar hasta mañana. Inevitable recordar las muecas de preocupación.
Parte de la aventura...