miércoles, 13 de agosto de 2014

A celebrar la vida en Lima

"Te tengo una propuesta", me dijo mi tía. "¿Vámonos a celebrar mi cumpleaños a Lima?", me preguntó.
Mi tía, que en realidad no es mi tía, pero sí compartimos algunos antepasados en el árbol genealógico y el mismo apellido, la conocí hace más de 15 años por esas casualidades de la vida que cuesta creer que sean tal cosa: me llegó un correo que estaba dirigido a ella. Era fácil confundirse, nuestro mail se diferencia por una sola letra.
La encontré en el busca personas de la universidad (donde ella trabajó toda su vida y yo recién entraba a estudiar), y le reenvié su correo. No solo me contestó, sino que me invitó un café. "Debemos ser parientes", me dijo. 
Desde entonces que nunca perdimos el contacto. Nos encontrábamos en la universidad, por ahí me invitaba a almorzar y en los últimos años, nos juntamos a comer alternadamente una vez en mi depto y otra en el suyo. Yo la adopté como "tía" y ella nos adoptó como "sobrinos" (a mí y a Alonso, por extensión).
Así que, cuando me planteó esta propuesta, ni lo pensé: "Por supuesto", le dije. Y así fue como llegamos el viernes, pasado las 5 de la tarde, a encontrarnos en Larcomar con ella, su hijo y una amiga. 
Traté de enseñarle todo lo que se puede de Lima en un día y medio. Fuimos a Barranco, al centro, miramos cuadros de vírgenes cuzqueñas y retablos dorados, el cambio de guardia en la Casa Pizarro, nos metimos a librerías, buscamos películas piratas en los Polvos Azules (una mezcla de mall chino y Franklin), y comimos rico, como corresponde. Le cantamos el cumpleaños feliz varias veces, como amerita la ocasión, en inglés, en español, con ritmo cumbianchero y hasta las mañanitas con una tuna en pleno Barranco. Y caminamos, nos reímos -nos reímos mucho-, nos sacamos fotos y "selfies"por todas partes. En una palabra: disfrutamos. Disfrutamos la vida. La de ella, que con cosas buenas y malas, exhala energía. Una energía que yo me quisiera a esa edad (que, por su puesto, me mata si revelo). Una vida bien vivida. 
Eso fue Lima. Una ciudad que me encanta. Pero no solo por sus ceviches. Es porque siempre me encuentro con gente querida. Con mis tías que viven aquí, con amigos, con nuevos amigos. Hacer eso que hemos perdido con tanto Facebook y Whatsapp: disfrutar de una rica comida bien conversada. Porque al final la vida son las relaciones que hacemos y lo que le dejamos a esas personas. Es lo que te queda en el corazón, por cursi que suene. Y en este viaje volví con el corazón bien cargado de cariño. Y de energía. Y con ganas de disfrutar la vida a concho, de sacarle el jugo. De vivirla al cien por ciento. Como mi tía.

lunes, 11 de agosto de 2014

Desconexión al lado de Santiago

A veces pareciera que los días no nos alcanzan para todo lo que tenemos que hacer. La mente corre a mil por hora y no nos detenemos ni un segundo. Cansancio. Rutina. Tedio. Como escribe Jonathan Franzen en su libro Más Afuera, no nos damos ni cuenta cuando nos sorprendemos tomando cuatro tazas de café para poder activar el cerebro y revisando el mail cada cinco minutos movidos por una ansiedad fuera de control.

Es entonces cuando nos embarga el deseo de escapar. De refugiarnos en una isla perdida en la mitad del Pacífico, como hiciera Franzen, o en la montaña, como hice yo. Concretamente en El Morado, al final del Cajón del Maipo. Un lugar tan lindo y majestuoso, que resulta una ironía que se encuentre al lado de Santiago. Pero lo está, eso es lo bueno.
Lo malo, fue despertar a las 6 de la mañana de un sábado. Tomé la mochila, adquirida para la ocasión, con todas las tecnologías de trekking, y cargada con primeras capas, calcetines de lana Merino, barritas de cereal, gorro, guantes y mi nueva cámara.
Llegamos cinco minutos más tarde de la hora fijada, las siete de la mañana, a nuestro punto de encuentro en Providencia. Fuimos casi los últimos en llegar. Estaba oscuro y frío. Nos dieron algunas instrucciones, una breve revisión del equipo básico, nuestro snack y nos subimos al bus.
Dormí prácticamente las dos horas que tardamos en llegar. Estaba claro y el paisaje parecía sacado de la Patagonia: pastos bien verdes, caballos sueltos, un cielo gris y algo de lluvia. Desapareció la última rayita de señal en el celular. Entonces entré en "modo viaje" y mi mente se desconectó.
Nos pusimos un par de capas extra, acomodamos algunas cosas, tomamos los bastones y bajamos del bus. Frío. Nos pasaron las raquetas de nieve, que debimos ajustar en la mochila, ya que el principio del recorrido solo sería roca y tierra. Unas breves instrucciones, la foto de rigor y partimos.
Éramos unos diez excursionistas, una guía de montaña (que resultó ser amiga de uno de mis mejores amigos), y dos fotógrafos. Todos de distintas edades, profesiones y formas de vida, pero unidos por el gusto de captar el mundo con una cámara. 
Creo que esto es quizá lo que más me gusta de las expediciones fotográficas. Por supuesto me encanta tratar de captar las cosas desde otro ángulo, y aprender de isos, asas, velocidad, profundidad de campo, composición y tantas otras cosas. Pero eso de cruzarme con gente distinta, que mira el mundo con ojos de niños maravillándose con cada hoja, piedra o charco que encuentra en el camino, me resulta realmente fascinante. Salir de las conversaciones cotidianas para entrar en otra dimensión, más simple, más aterrizada, más real. Y reír y compartir con perfectos desconocidos, sintiéndote parte de un grupo. Es como mi cable a tierra.
La primera hora fue cansadora. Se hizo sentir la falta de ejercicio de las últimas semanas y los poco saludables sándwiches al almuerzo. Primera parada. Pocas fotos. Cansancio y manos congeladas. Seguimos. Segunda parada. Casi desaparezco por un agujero camuflado en la nieve y el fuerte viento que se levantó de pronto me hizo caer como un saco de papas. Comimos algo. Continuamos. Última parada en medio del valle. Entretenido caminar con las raquetas de nieve. El Morado, al fondo, majestuoso. Aparecen diagonales y triángulos en el paisaje. Aguas rojizas. Frutos y hojas que quedaron del otoño. Un río cristalino. Fotografío a tres de nuestros compañeros a lo lejos. Impresionante la relación con el paisaje. Somos una hormigas. Respiro el aire fresco. Observo. Camino lentamente. Mi mente está en calma. 
Fue un día redondo. Buenas fotos. Buena conversa. Un cóndor sobrevoló nuestras cabezas y el atardecer iluminó las montañas. Un chocolate bien caliente fue el broche de oro. Los "me gusta" en el Facebook no se hicieron esperar. Pero lo mejor, era sentir esa sensación de bienestar por sobre el cansancio. Un cansancio distinto al de la semana. Este deja la batería llena y una sonrisa que no se despega de la cara. 



miércoles, 7 de mayo de 2014

Araucanía en otoño

Ese era el nombre de este inusual viaje: una expedición fotográfica por algunos de los lugares más lindos de la Novena región. Aunque, a decir verdad, no sabíamos bien a lo que íbamos hasta que llegamos allá...
Apenas bajamos del avión, posado en la losa del aeropuerto de Temuco, sentimos ese olor a leña intenso, a tierra mojada, a sur. Dejamos las maletas en el hotel y partimos al restaurant donde sería la primera comida del viaje. Poco a poco fueron llegando los integrantes del grupo: 16 en total. 
El viaje era intenso. Partimos a las 9 de la mañana del día siguiente, rumbo a Curacautín, hacia la cordillera. Ahí empezó la lluvia, persistente, a ratos suave, intensa en otros. Esa lluvia que me encanta, que me hace sentir más viva.
De pronto el bus se detuvo en la berma del camino. Llovía. "Ya, bajemos a "fotear"", nos dicen los guías. Ahí aprendí el primer término de esta jerga que se transformaría prácticamente en un nuevo idioma. Nunca había escuchado tanto sobre exposición, velocidad, apertura, diafragma, iso, asas, etc. Al principio nadie entendía muy bien, pero el acto de parar y bajarse en cualquier parte, agarrar cámara, trípode y paraguas, se convirtió en la dinámica del viaje...
Recorrimos lugares increíbles. La cordillera de Las Raíces, donde apareció el otoño, con sus tonos rojizos, amarillentos, cafesosos. Y la nieve. Nieve copiosa entre los árboles encendidos. De pronto todo era blanco y nos hundíamos entre medio de las araucarias, coigües, alerces y raulíes. Y sacábamos fotos y más fotos, y aún más. Era un festival de paraguas de colores, de trípodes, cámaras y lentes de todos los tamaños. Era como una fiesta. Porque una cosa es recorrer lugares lindos y otra muy distinta es hacerlo con un grupo de fanáticos de la fotografía, deteniéndose a cada paso, en cada salto de agua, río, bosque, árbol, hongo, hoja... Es andar a otro ritmo, con otra mirada, maravillándose por todo, como niños...
Nos alojamos en una hostería de un alemán, Hans, todo un personaje con sus platos calóricos, su estufa a leña y su personalidad absolutamente germánica. Recorrimos Conguillío, con más nieve, bosques coloridos como una pintura y araucarias centenarias que se imponían con su estatura y prestancia. Y llegamos a Villarrica y nos encaramamos por los faldeos del volcán Lanín, más argentino que chileno, a sólo 3 km de la frontera, del cual sólo pudimos ver parte de su gran base entre medio de la nubes y un ocasional arco iris.
Pero una vez más, lo más increíble es la gente y sus historias de vida. Un alemán que hace mapas y guías de viaje, un colombiano del Quindío instalado en Chile, un asesor financiero que se inscribió en las diez expediciones del año, una sicóloga, varios ingenieros, una educadora que se dedicó al paisajismo, una médico veterinaria que comenzó a trabajar de guía en las Torres del Paine  y terminó de fotógrafa, un arquitecto que ejerció cuatro meses como tal y ahora vive de la fotografía, el creador de uno de los mejores programas de documentales chilenos y que conoce mejor que nadie la región, y suma y sigue... 
Me encantó compartir con gente tan distinta unida por un mismo gusto, y darse cuenta cómo cada uno ha logrado buscar su propio camino para terminar haciendo lo que los apasiona en la vida. Es muy motivador. Porque al final, este viaje fue regalarse ese tiempo, cada vez más esquivo, para vivir intensamente y disfrutar con lo más simple de la vida: recorrer, observar y capturar ese momento en la retina.




martes, 25 de febrero de 2014

Carretera Austral

Nos quedamos un par de días en Villa O'Higgins, una cuantas cuadras  con casas de tejuelas y olor a leña. Sorprende, eso sí, la infraestructura pública: una gran plaza con cobertizos de madera y fierro, un liceo moderno con su gimnasio ad hoc, wi fi público gratuito... Aunque es caro, hay ciertas cosas subvencionadas, como la carne (cualquier corte vale 2.500 pesos incluido el filete), y hay un avión los lunes y jueves que traslada a la gente desde Coyhaique por 37 mil. Es que aquí sí que uno se siente aislado: para entrar y salir hay que hacerlo por barco, de hecho hay un ferry gratuito que traslada gente y autos cada ciertas horas. 
Aquí conocimos a Daniel, el administrador del lodge donde alojamos. Nacido y criado en Coyhaique, piloto de profesión, se dedicó al turismo, llevando gente a la laguna San Rafael y a gringos amantes de la pesca con mosca. Como buen patagón cuesta un poco establecer una conversación con él, pero poco a poco los monosílabos se fueron transformando en historias. Así nos contó la odisea que fue construir el hotel: ninguno de los ventanales que trajeron desde Santiago llegó entero, todos se quebraron durante la travesía por la Carretera Austral; es más, traer cada cosa, las copas, la vajilla, los muebles, los alimentos, todo, es una odisea... En realidad, construir cualquier cosa en este lugar del mundo es un acto heroico.
También conocimos a su hijo Javier, nuestro guía, quien nos enseñó a andar en kayak, algo que disfruté enormemente. Remar por el lago Cisnes, uno de los tres que desembocan en el río Mayer, sintiendo el agua, los pájaros, el viento, concentrándome para remar sin que la corriente nos llevara, fue  una experiencia casi mágica. Me encantó. Con él también nos encaramamos en los cerros, descubriendo cada planta y florecita gracia a su gusto por la botánica y su memoria de elefante; y descubrimos una vista increíble a esta geografía loca con sus lagos, montañas y glaciares colgantes.
Me hubiera quedado feliz más días en Villa O'Higgins. Me gusta esa sensación de estar tan lejos de todo, con todo el tiempo del mundo para sentarse a la mesa y simplemente conversar. Me gusta que todo el mundo se saluda. Me gusta sentir el viento y el frío. Me gustan los colores tan nítidos del agua y los bosques...
Pero el auto que arrendamos nos estaba esperando para comenzar nuestro recorrido por la Carretera Austral. En el camino nos encontramos, en la mitad de la nada, con una pareja de mochileros, a quienes ofrecimos llevar hasta el cruce de Tortel. Aceptaron con una gran sonrisa, por supuesto. Ambos eran de Concepción, él estudiaba Geofísica y ella Nutrición. Llevaban más de un día esperando que alguien los llevara.
Tras cruzar en el ferry y llegar al punto pactado, ellos siguieron camino rumbo al norte y nosotros, hacia la caleta de las pasarelas. Es bonito Tortel, aunque quizá había escuchado tanto de su magia y su onda especial, que no me cautivó tanto como hubiera esperado. Pero sí, vale la pena la visita. Quizá habría que quedarse un par de días y aprovechar de navegar por sus fiordos, pero teníamos otro destino: Cochrane.
Allí nos esperaba mi amiga Cami, quien hace un poco más de un año se instaló con camas y petacas en este lugar. Me gustó mucho verla, pero sobre todo ver cómo logró entrar en la lógica de la Patagonia. Es como vivir en el campo. Tiene cuatro perros y un gato, y un invernadero donde tiene de todo: pepinos, lechugas, tomates cherry tamaño gigante y hasta flores.  Su vecino le da las verduras que le faltan y huevos, y ella cuida de su perrita enferma. Nuestro recibimiento fue en la casa de unos amigos suyos, más grande, quienes nos recibieron con un asado y nos contaron un poco de la vida en estas latitudes. Fue lindo verla. Cocinarle, disfrutar de un buen vinito bien conversado, comer huevos revueltos al desayuno... Fue bonito compartir esas cosas simples de la vida, después de tantos años y kilómetros de distancia.
Con pena de dejarla, partimos rumbo a Chile Chico. En el camino seguimos al imponente río Baker, con su impactante color calipso, el más caudaloso de Chile. Me encantó Puerto Bertrand, un paraíso de la pesca con mosca, a orillas del río. Y luego, el grandioso General Carrera, el lago más grande del país, que cruza la frontera tomando el nombre de Buenos Aires, aunque aquí todavía algunos lo nombran como lo llamaban los Tehuelches: Chelenko. Las vistas al lago son realmente alucinantes, aunque el camino es de terror, con sus vueltas y cuestas sin fin. La vegetación también se transforma, y los bosques tupidos dan lugar a la pampa y a un viento que no amaina nunca.
Chile Chico parece más un pueblo argentino que chileno. Bien ordenado, con sus construcciones más bonitas, aunque me pareció bastante inhóspito, con ese viento que cala los huesos y arrasa con todo.
Al día siguiente, deshicimos el camino hecho y dimos la vuelta al General Carrera. En el camino paramos por un café, y un baño, en el único lugar que encontramos en Mallín Grande. Allí nos atendió, con monosílabos, la señora María, quien me dio el nescafé que me he tomado con más gusto en toda mi vida: con una leche entera de vaca bien caliente. Parece que le caímos en gracia porque terminó mostrándonos su tesoro: una colección de fósiles, ágatas y piedras curiosas recogidas a orillas del lago.
Después de la pausa retomamos camino a Puerto Río Tranquilo. Nunca lo había visto tan concurrido: los turistas pululaban por la "costanera", donde distintas empresas ofrecían los tour para las famosas capillas de mármol. Había una cervecería de lo más taquillera y hasta estaban construyendo una Copec, con su tienda y baños incluidos. "Vamos a ser el  próximo San Pedro", me dijeron. No sé si llegue a tanto, pero me sorprendió tanta popularidad. Nosotros aprovechamos de internarnos en el camino del Valle Exploradores. Andados unos metros vimos una señora que caminaba muy rápido y erguida: ¡era la francesa que habíamos conocido en el cruce de la laguna del Desierto! "¿Quieres ir con nosotros?", le preguntamos. "¿Por qué no?", nos respondió y se subió al auto.
Me encanta este lugar. No puedo dejar de fascinarme con su paisaje, sus lengas y nalcas gigantes, sus cascadas, sus murallones de piedra, sus rocas de mármol, sus ríos y lagos de colores intensos. Aunque debo decir que, como siempre me habían llevado, nunca me había dado cuenta lo malo que es el camino, y angosto. Vimos un choque, de hecho. Ya era tarde y el clima no nos acompañó, así que solo llegamos hasta el glaciar Exploradores, a 52 km desde Tranquilo. "Antes uno se demoraba dos días a caballo", nos contaría después Francisco, dueño de la hostería El Puesto. En auto es algo así como hora y media. Me hubiera gustado llegar hasta Teresa, donde están construyendo un puente que nadie sabe cuándo estará listo y que por ahora hay que cruzar en balsa con don Jaime. Allí se mezclan las aguas lechosas del río Exploradores, verde esmeralda del Teresa y verdes del río Oscuro. Es precioso.
La noche estuvo bien conversada con Francisco, una pareja y un arquitecto con quienes compartimos la mesa. Y hasta fuimos dar una vuelta al festival de acordeón y guitarra, gran evento que reunió a todo el pueblo y uno que otro turista.
Ese fue el último punto de nuestro recorrido. El domingo partimos rumbo a Coyhaique y hoy, lunes, a Santiago.
Ya en el avión, completo hasta el último asiento, me llevo la Patagonia conmigo: su aire fresco, sus colores intensos, su paisaje superlativo donde todo es como una postal constante, la lluvia, el viento, el frío, el cordero y la trucha, el pan amasado, su gente, sus historias, su heroísmo y también su cariño. Me enamoré de esta Patagonia profunda, de este confín del mundo al que espero volver, ojalá con más tiempo, para disfrutarla lento, como el mate que se comparte y se conversa con el recién llegado.


Villa O'Higgins
Ferry 
Caleta Tortel
Lago General Carrera 
Camino a Tranquilo
Capillas de mármol desde bahía Mansa

sábado, 22 de febrero de 2014

El cruce de la laguna del Desierto

Pasada la tres y media del domingo, nos pasó a buscar un bus rumbo a la Laguna del Desierto. De los siete pasajeros, éramos los únicos que no regresábamos.
El camino era impresionante. Aparecían glaciares, cumbres nevadas, ríos de aguas azules, ñirres, lengas como si nada... El paisaje sobrecogía.
De pronto en el bus, que cada cierto tiempo transmitía un audio con el tip turístico, cuentan que El Chaltén fue creado en 1985 por un litigio con Chile, para "ganar puntos"; lo mismo que el camino por el que transitamos, el que recién se terminó en el año 2000. Así no más, sin pelos en la lengua. La estrategia dio resultado, ya que esa preciosa laguna, que en realidad es un gran lago, y que de desierto no tiene nada porque está rodeada de una tupida vegetación, es completamente argentina.
Al llegar a la otra orilla, tomamos nuestras mochilas y nos preparamos para desembarcar. "¿Bajan acá?", nos preguntaron con cara de duda. No fuimos los únicos. Junto a nosotros estaban una española que llevaba viajando más de un mes por la Patagonia, una francesa de unos sesenta años que había partido hace cinco meses y había llegado hasta la Antártica, y dos francesas muy jóvenes que andaban de mochileras.
Lo único que había era un retén argentino donde dos gendarmes, en buzo, nos hicieron el trámite de migración. Era como si nos atendieran en el living de la casa... Terminado el papeleo, que se hacía de uno en uno, nos esperaba don Tito. Él nos informó que recorreríamos los 22 km que nos separaban de Candelario Mansilla, el  asentamiento chileno más próximo, a caballo. Por suerte. El camino, que en realidad era una huella, serpenteaba por una cuesta nada de despreciable que no hubiera sido tan grato hacer caminando. Claro que "chiquito", mi caballo, hacía lo que quería. Comía a cada rato, se detenía en los lugares más insólitos, trataba de pasar a los otros caballos sin importar a quien tenía arriba... Aunque debo decir que al final logramos tener una relación más amistosa...
Cruzar la frontera fue emocionante. De repente, que en uno de los lugares más recónditos de nuestra geografía apareciera un cartel que indicaba que estábamos en tierra chilena, me emocionó. Quizá por lo remoto, por el aislamiento, por sentirse que estábamos prácticamente solos en los confines del mundo... Y que llegábamos a nuestro país. No sé, fue lindo.
Aunque lo mejor fue llegar, después de dos horas de cabalgata, a un campamento con todo instalado del lodge Robinson Crusoe. Un domo hasta con bosca nos esperaba con una trucha maravillosa preparada por Ariela, la chef, y pescada por Raimundo, nuestro guía. Para dormir, una carpa con colchones y sábanas, y un baño con agua calentada a leña. Un lujo en medio de la nada. La noche estaba media cubierta, pero aún así dejaba entrever algunas estrellas y la luna llena. Quedarme dormida sintiendo el viento fue increíble. 
Al día siguiente el despertador sonó a las 6:30. Había que partir tempranito para recorrer las dos horas y media que nos quedaban, claro que después de un pan amasado calentito y unos panqueques con majar. 
En el camino no sólo descubrí un paisaje maravilloso, sino a don Tito. Nacido y criado en ese recóndito rincón de Chile, su abuelo llegó por ahí por 1920 buscando un lugar donde instalarse junto a su joven esposa. Ella se hacía cargo de las labores domésticas y de los ocho hijos que tuvieron, mientras él partía durante el verano a trabajar en alguna estancia. Ellos fueron los más perjudicados con el litigio de la laguna del Desierto. Fue bonito escuchar su historia, aproximarme por un momento a esas vidas de sacrificio, casi heroicas, que han hecho patria en estas latitudes. Son vidas tan distintas. "¿Cuál es el lugar más al norte en el que ha estado?", le pregunté. "Coyhaique", me contestó don Tito, emocionado porque en abril iba a conocer Puerto Montt.
Tras unas vistas increíbles al lago O'Higgins llegamos a Candelario Mancilla, donde hay un destacamento de frontera de carabineros y como tres casas de don Tito, su mamá y dos hermanos. Ahí entramos formalmente al país y conversamos un poco sobre la vida en ese lugar con el oficial a cargo. Cuarenta días tienen que cumplir ahí, con diez días libres, para luego regresar... Eso sí que es vivir completamente aislado.
Pero el lugar es impresionantemente lindo. Todo es exuberante: el color calipso del lago, la vegetación frondosa, el aire puro y fresco... Todo. No imagino lugar más lindo.
De pronto, como un espejismo, apareció el barco que nos llevaría de vuelta a la civilización, no sin antes mostrarnos uno de los secretos mejor guardados de los Campos de Hielo Sur: el glaciar O'Higgins. Impresionante, con su frente extenso y su lengua blanca que baja desde las cumbres... Es realmente alucinante. Sus grietas, su color azul profundo, el sonido que viene desde lo más hondo de la tierra cuando se desprende un trozo congelado, sus hielos flotantes... 
Claro que al regreso el barco se movió como coctelera. Y nosotros, que nos quedamos en cubierta, quedamos empapados. Pero fue increíble sentir el viento en la cara, y el agua, y ver el paisaje, los glaciares, el lago, las cumbres, los saltos de agua...
Aunque parecía que no íbamos a llegar nunca. Recién como a las ocho y media de la noche, recalamos en tierra firme, a siete km de Villa O'higgins, donde empieza -o termina- la Carretera Austral.









miércoles, 19 de febrero de 2014

El tesoro de la Patagonia

Iba a empezar este post describiendo el impresionante Fitz Roy, una torre maciza de granito puro, que escapaba del marco de las ventanillas del bus. 
Iba a escribir sobre nuestras aventuras haciendo trecking en el glaciar Viedma y decir lo increíble que es ver el paisaje desde la otra perspectiva, desde arriba del glaciar. Y lo alucinante que es caminar con crampones sobre hielos milenarios.
También pensaba relatar nuestra agotadora caminata hacia la Laguna de los Tres, que es como la base de la Torres del Paine, pero del Fitz Roy. Y lo emocionante que es ver esas montañas y glaciares, tan imponente que sobrecoge y nos hace dar cuenta de lo pequeños que somos. Es como un golpe de humildad y de sentido de las proporciones que no debiéramos perder de vista en nuestra vida diaria. 
Y aunque uno se queda corto de adjetivos para describir esta naturaleza impresionante, descubrí que lo que más emociona y sobrecoge de esta Patagonia profunda son su gente y sus historias. Al final, lo importante de este viaje, y en realidad de la vida misma, son las personas, las huellas que nos dejan y que nosotros mismos dejamos en otros. Con cada encuentro el corazón se enriquece un poco más. O se empobrece. Todo depende de nosotros.
Y en mi corazón me llevo a varios que lo han enriquecido en estos días. Está el matrimonio de San Francisco, que habían conocido buena parte de Sudamérica y que conocimos en El barco de vuelta del glaciar Viedma. Con sus sesenta años, o quizá un poco más, estaban fascinados caminando con crampones sobre el hielo, igual que nosotros. Ellos me hicieron dar cuenta que las ansias de aventura y de vivir la vida a concho no son privativas de la juventud, sino que depende de nosotros hacerlas crecer con los años. 
Está la holandesa, de quizá unos cincuenta, que llegó hace veinte años al Chaltén, cuando apenas eran sesenta almas viviendo a los pies del Fitz Roy, siguiendo por amor a un chiquillo y ahí se quedó, y ahora atiende su restaurant, con delantal puesto y con su hija de unos tres años que nos entrega la carta con una gran sonrisa.
Está la taxista que no sólo nos llevaba y traía, sino que nos hacía "tour", nos entregaba mapas y hasta nos daba consejos para nuestros trekking como si nos conociera de toda la vida. ¿Qué se hace aquí en el invierno?, le pregunté. "Bueno, muchas cosas. Se tiene hijos después de los cuarenta, se ayuda a los chicos con la escuela, se hacen las tareas domésticas...", nos respondió. 
Está sobre todo don Tito, que nos esperaba al final de la laguna del Desierto, para llevarnos a caballo hasta tierra chilena. Aunque el cruce merece un post aparte, sólo adelantaré que fue un verdadero regalo descubrir tanta generosidad y cariño de una persona que vive tan aislada, en uno de los lugares probablemente más recónditos de nuestro país. 





sábado, 15 de febrero de 2014

Los secretos de la pampa

La Patagonia argentina es sinónimo de pampa. Extensiones inmensas de tierra amarillenta con manchones verduscos y un cielo celeste interrumpido muy de vez en cuando por una que otra nube bien blanca. Y viento. Y un silencio absoluto, rotundo. 
Pero al igual que en el desierto de Atacama, basta con adentrarse un poco para descubrir que esta tierra aparentemente "vacía", está llena de secretos: cerros con formas erosionadas que dan un toque "lunar" al paisaje, troncos que se convirtieron en piedra y hasta restos de dinosaurios... Y también historias, que de tanto contarlas se transformaron en leyenda.
Esta es la tierra de Francisco Pascasio Moreno. Nacido en Buenos Aires el 31 de mayo de 1852, probablemente fue uno de los hombres que mejor conoció la Patagonia a este lado de la cordillera. En 1874 recibió el encargo del ministro de relaciones exteriores de la época de investigar la poco explorada Bahía de Santa Cruz y luego, en 1879, lideró la expedición que debía determinar los límites con Chile. Precisamente su condición de experto le valió el nombre con el que pasó a la posteridad: el de "Perito" Moreno.
Cada 15 de febrero se recuerda su proeza de remontar el río Santa Cruz a contracorriente, en un bote impulsado por un caballo a cada lado del río. O sea, con dos caballos de fuerza, literalmente. Un mes tardó en llegar hasta un lago de aguas color calipso, dándose cuenta que se trataba de un lago distinto al que había descrito Fitz Roy unos decenios antes, a diferencia de lo que habían pensado sus antecesores. Entonces lo bautizó como lago Argentino, donde actualmente se encuentra el muy turístico Calafate y el glaciar que lleva su nombre, aunque curiosamente nunca llegara a verlo... Las ironías de la historia.
Me gusta esta tierra que guarda sus tradiciones. Me encanta ver al hombre, ya con sus años, sentado en la mesa frente a la nuestra en un café: botas, jeans, camisa a cuadros, pañuelo de seda amarrado al cuello, piel curtida por el viento y el sol, y boina de lana. O el chico de unos veinte años de la esquina, con pantalones ajustados de gaucho, faja en la cintura y camisa blanca. O nuestros guías, de unos cuarenta, que pasan los kilómetros tomando un mate compartido sin apuro. Me gusta que acá la gente te pregunta cómo estás y te atiende sin prisa. Quien se apura pierde el tiempo en la pampa, sin duda.
Hay que tener un espíritu especial para instalarse en estas latitudes. Aún hoy, con toda la tecnología moderna. Muchos llegan atraídos por las oportunidades de trabajo que ofrece el turismo y se quedan, maravillados por el paisaje y la tranquilidad. Es otra vida. Full turistas de diciembre a marzo, muerto en los meses de invierno. Es una vida más simple y más dura. Frío, viento, soledad, aislamiento. Al norte, el pueblo más cercano es el pequeño Chaltén, a unas tres horas, y al otro lado de la frontera, a unas seis horas considerando los trámites burocráticos, Puerto Natales, que digamos que no es una gran metrópoli. Pero son cada vez más los que se quedan. Supongo que porque aquí encuentran lo que se nos suele perder en las ciudades: una vida a escala más humana.


Lago Argentino con el Fitz Roy de fondo.

La erosionada geografía de La Leonera, donde Perito Moreno habría sido atacado por una "leona" o puma hembra. 

Tronco fosilizado... Aunque parece madera está convertido completamente en piedra.