jueves, 26 de febrero de 2015

Italia... Mamma mía!

Creo que perfectamente podría haber sido florentina. Me encantó Florencia, sus calles empedradas y laberínticas, sus palacios, sus construcciones llenas de historia, sus fuentes y estatuas... Podría ser como un gran museo al aire libre. Pero no. Porque es una ciudad que avanza con los tiempos, avanza desde y con su pasado. Eso es lo interesante. No se queda en el pasado, como tantas otras ciudades europeas en donde la vida parece transcurrir en otro siglo; pero tampoco lo anulan, como Santiago, en que todo se bota para darle paso a la modernidad.
Me gusta Italia porque tiene esa mezcla de civilización, de arte, de sentido cívico, con el desorden y afectividad latina. Porque los italianos son unos gozadores de la vida y la disfrutan, hablan fuerte, gesticulan, toman buen vino, buen café. Qué impacto el café, no puedo dejar de mencionarlo. No he tomado ningún café malo durante mi estancia y eso, no es poco decir. 
Pero por sobre todo, me gusta el amor que tienen por la buena cocina. Simple, honesta, es lo que se ve y punto, no quiere ser otra cosa. Lo principal son los ingredientes, solo se cocina con productos de temporada. Todo está fresco, en su máximo esplendor. Y ojalá todo sea del mercado local o del huerto. La rúcula es bien verde, los tomates bien rojos. El resultado: sabores intensos, que llenan todo. Como el italiano mismo. Bueno, siempre he pensado que la comida es el mejor reflejo de la cultura, de un pueblo.
Y Venecia, bueno, es como una marca registrada. Uno tiene en la cabeza los canales, puentes y góndolas como si se conociera desde siempre. Igual no deja de sorprender. Aunque siempre me pasa que cuando conozco un sitio demasiado famoso, queda un cierto halo a decepción. Es una cuestión de expectativas. Pero tuve la suerte de conocer Venecia en su mejor momento: en carnaval. Me impresionó que la gente se disfrazara, gente de a pie, común y corriente, parejas, familias completas, viejos, jóvenes y niños usando trajes de época, impecables. Es el permiso que se dan para jugar, para ser otros, para la fantasía. No es el carnaval de Río. Hay multitud, pero la masa avanza en orden; disfruta, pero de manera contenida. Es Europa finalmente.
Y por último, Roma... Es el caos. No hay cuadras, las calles van tomando intrincadas formas y terminan en plazas llenas de cafecitos y trattorias, avenidas amplias o pasajes sin salida. Los cruces peatonales no sirven de nada y hay que mirar bien para todos lados y cruzar rápido para no morir atropellado por un auto, una vespa o una bici. Las calles están llenas de hoyos y se debaten entre el asfalto y adoquines quizá de qué épocas remotas. Las columnas, ruinas y acueductos aparecen entre medio de edificios de todas épocas. Y los turistas de todo el mundo se entremezclan entre los los locales. Todo en un ir y venir caótico, pero maravilloso, que por alguna mágica razón, funciona.
Y aparecen los sabores y olores de pequeños restaurantes de donde afloran burratas cremosas, pestos intensos, salsas de tomate con albahacas recién cortadas, quesos, salames, pastas y un sinfín de maravillas recién preparadas de acuerdo a las recetas que han preparado sus ancestros por siglos y siglos, de la misma manera, siguiendo un rito ancestral... Una verdadera fiesta fue ir al mercado de Testaccio, donde por unos pocos euros uno se puede hacer de una copa de vino y de comida al paso recién preparada con ingredientes fresquísimos; la conversación es gratis y se ofrece casi inmediatamente, de manera espontánea... Y si se cae en gracia, te pueden hasta regalar unos ricos postres para no irse sin probar las delicias locales. A eso sumamos una clase de cocina y una cata, para preparar y probar lo mejor de las gastronomía y vinos locales. Fue una fiesta para los sentidos.
Pero no puedo terminar sin mencionar el Vaticano. Aparece como una fortaleza amurallada que resguarda siglos de historia. Los museos, un must, que atesoran lo mejor de la civilización occidental, impresionante. La capilla sixtina impresiona. Uno se siente un punto debajo de la creación. Imposible no sentirse un poco amedrentado por tanta muestra de riqueza y ostentación. Ahí entendí el rol que ha jugado la Iglesia a través de su historia y el poder que sigue ostentando, así como en Versalles comprendí el por qué de la revolución francesa.





miércoles, 25 de febrero de 2015

Vacaciones... Por fin

Me encanta este momento. La sola idea del viaje. Elegir los destinos, buscar información, mirar hoteles (algunos inalcanzables, solo por curiosidad), conseguir datos, pensar actividades para hacer... Digámoslo claro: mis vacaciones nunca serán echadas a la orilla de un lago. Para un fin de semana está perfecto, pero ¿dos o tres semanas? Simplemente me aburro, va en contra de mi naturaleza.
Lo mío es recorrer, caminar hasta el cansancio, observar, descubrir, probar cosas nuevas, conocer otra gente, otras formas de ver el mundo...
Soy inquieta. A veces hasta yo misma me canso de mi curiosidad. Pero nada que hacer. Está en mi ADN.
Tal vez por eso varios amigos me miraron extrañados cuando les revelé el destino de mis próximas vacaciones: Italia, Alemania y brevemente, Barcelona. Creo que les he elevado las expectativas. Esperaban un destino tipo Antártica, África, Medio Oriente... Cualquier cosa que sonara a exótico o lejano. Y sí, es cierto, este es un destino clásico. Quizá porque no lo pensé demasiado, porque el tema vacaciones parecía demasiado lejano y ajeno en esta vorágine en la que me he visto envuelta últimamente.
Lo cierto es que acá estoy, arriba del avión, con una maleta llena de ropa invernal (con algunas reminiscencias de mis viajes "exploradores": su primera capa, bototo, parka con gorotex); con un iPad bien cargado de lonely planet y libros digitales; y mi cámara con varias memorias vacías. También con algunos "higlights" ya planeados: carnaval de Venecia, clase de cocina y cata de vinos en Roma, ópera y tour gastronómico en Berlín. Porque el destino será clásico, pero definitivamente yo no lo soy.
Vamos a ver qué me depara el viejo continente, además del frío que ya lo empiezo a sentir (¿qué onda con el aire acondicionado en este avión!?)
Vacaciones, allá vamos!

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Noche de muertos, fiesta de vida

Los pueblos ancestrales que poblaban la Península del Yucatán veían la muerte como parte de un ciclo infinito. Como escribe Octavio Paz en El laberinto de la soledad (lectura obligada para comprender en algo está rica cultura), "vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico, que se repetía insaciable". Al igual que la serpiente, la cual adoraban, que cambia de piel renovándose en cada ciclo. Los muertos eran enterrados con sus pertenencias más preciadas y alimentos, pues las almas tenían que emprender un largo recorrido, más o menos duro dependiendo de la causa de muerte. Por supuesto, los guerreros que caían en la batalla tenían reservado el viaje más placentero.
Una vez al año, estas almas vuelven a su lugar de origen, o al menos así lo cree la gente hasta el día de hoy. En esa fecha -1 de noviembre para los niños y 2 los adultos- los vivos tienen la posibilidad de comunicarse con sus muertos. Por eso les hacen altares, con velas y flores de cempasúchil que con su intenso aroma y color guían a las almas en su retorno, también colocan fruta, pan y agua, para saciar el hambre y sed producidos por el largo recorrido; y las cosas que le gustaban a la persona cuando aún estaba viva, como su comida favorita, y sus vicios como el tequila o cigarros.
La tradición ha sobrevivido al paso de los años, y aunque ha experimentado algunos cambios con los españoles primero y con Halloween después, aún hoy se celebra como una verdadera fiesta, en el más puro sentido de la palabra.
Y aunque se conmemora en todo México, el mejor lugar para vivirla es Patzcuaro y la cercana isla de Janitzio, en el estado de Michoacán.
Llegamos el sábado 1 como a la hora de almuerzo. "Todo el mundo viene aquí, espero que tengan reserva", nos dijo el taxista que tomamos a la salida de la estación de buses. El centro, con sus plazas y edificios coloniales, hervía de gente. Mexicanos y extranjeros venidos de todas partes del mundo para ser parte de la fiesta. Los puestos de comida y artesanía, músicos y bailarines se tomaron las calles generando un caos irresistiblemente atractivo. Los locales vestían trajes típicos, sombreros de paja y se pintaban la cara de calaveras. Y entre medio de telares, cestos de paja y dulces, aparecían las "catrinas", popularizadas por el muralista Diego de Rivera, figuras de calaveras vestidas con elegantes ropajes, como una burla hacia la muerte muy propia de los mexicanos. Era palpar una cultura viva, llena de color y riqueza.
Pero la verdadera fiesta es en la noche, en Janitzio. Y llegar allá fue toda una aventura. Caminamos hasta el muelle -el tráfico era terrible- y ahí, no quedaba otra que sumergirse en medio de la masa humana para poder subirse a una lancha que nos llevara hasta la isla. Estaba repleta y hacia frío, pero a la gente no parecía importarle. Estaban todos felices. Había familias enteras, con guaguas incluidas, viejos, niños y muchos jóvenes que iban a taquillar. Este es EL evento del año. 
Al llegar, la gente no cabía por las estrechas callejuelas y se mezclaba entre medio de los puestos que vendían desde quesadillas hasta tequila. Más bailes y música. La algarabía era total. El plato fuerte sin duda era el panteón, unos pocos metros de tierra a orillas de la isla, completamente adornado con flores y velas. Al lado de cada tumba, mujeres de distintas edades bien envueltas en mantas. Se quedarían toda la noche, inmóviles, velando a sus muertos. 
Resulta impresionante, en esta época, que aún existan esas muestra de fervor y de generosidad, de sentido de pertenencia y de comunidad. Esa forma de celebrar la muerte con vida. De celebrar intensamente, gozando cada minuto, porque no sabemos en qué instante pasaremos a ser una de esas almas errantes. Eso es precisamente lo que nos recuerda las calaveras de dulce que los mexicanos regalan a sus cercanos con su nombre escrito en la frente. Porque la muerte nos llega a todos, la vida hay que vivirla a concho.





martes, 4 de noviembre de 2014

México infinito

México es un país inmenso, en el pleno sentido de la palabra. Su vasto territorio alberga a unos 115 millones de personas y la región metropolitana de Ciudad de México, 20... Más que toda la población de Chile junta. Ahora entiendo el concepto de "Mega-metrópolis" del que hablan los expertos en geografía humana. Aquí todo es grande: sus parques (el de Chapultepec, en pleno corazón de la ciudad, es como Central Park), su sistema de transporte con 14 líneas de metro, su catedral monumental, su manto de casas y edificios que pareciera no terminar nunca cuando se observa desde el avión.
Pero su inmensidad también se refleja en su cultura de una riqueza infinita. Es impactante ver las pirámides de Teotihuacán, cuya capital llegó a albergar, en su época de oro, a unas 2 mil personas. Por aquí pasaron mexicas, aztecas, mayas y un sinfín de otras civilizaciones que dejaron un rico legado en las más variadas disciplinas, desde la agronomía a la arquitectura, pasando por la astronomía, la religión, la escritura, etc. 
Aquí los libros de historia que uno leyó en el colegio cobran vida. Los mexicas eran unos expertos constructores: levantaron una imponente ciudad, con sus grandes templos y edificios administrativos sobre una isla, unida a tierra firme a través de unas especies de puentes o terraplenes que fueron armando a través de unas balsas de troncos que rellenaban de tierra; con esa misma técnica constructiva le fueron ganando tierra al lago, agrandando la isla donde actualmente se sitúa Ciudad de México. Cómo los españoles destruyeron todo eso, es la pregunta que me surge al ver las maravillosas esculturas y figuras que aún guardan el Museo Antropológico y del Templo Mayor. Esa arrogancia de aplastar todo e imponer su cultura, su religión, su idioma, su visión del mundo. Debajo de los imponentes edificios ubicados en torno al zócalo, aún descansan los restos de las antiguas pirámides de Tenochtitlán. Impactante.
También es inmensa la variedad de comidas, de salsas, ajíes, maiz, yucas, tequilas y mezcales, de puestos callejeros que pueblan las calles, hasta en el exclusivo barrio de Polanco. Son inmensas sus costumbres, sus creencias, su cosmogonía. El arte, con sus figuras de papel maché, cerámica y madera,  llenas de color. Su música repleta de rancheras y boleros, y siempre alguien dispuesto a tocarla guitarra en mano, ya sea en un restaurant, en el bus o en el metro. Su paciencia, que les permite circular entre medio de las masas o hacer filas eternas, sin alterar su ánimo en lo más mínimo. Su capacidad para andar de punta en blanco, los hombres bien engominados y los zapatos relucientes (hay lustrabotas casi en cada esquina) y las mujeres bien pintadas y peinadas (abundan las peluquerías y barberías). Es inmenso su carácter, de una amabilidad infinita, hasta para decirte que no a algo lo hacen con unas maneras exquisitas ("les agradecería que buscaran otro taxi por favor", nos dijo un taxista al rechazar la tarifa exhorbitante que nos quería cobrar, sin alterar en un ápice su tono de voz).
Y acá estamos, arriba de un bus, en dirección a Patzcuaro, un pueblo que aún conserva el pasado colonial, a unas 6 horas de Ciudad de México, para ver una de las tradiciones más famosas de este país: el día de muertos.




viernes, 10 de octubre de 2014

Conexión con la vida

Al desayuno nadie tenía cara de querer volver. Disfrutamos Los últimos huevos de campo mirando el mar. Ahora cruzábamos los dedos e invocábamos a los dioses para que el avión se retrasara un día más. Pero, el cielo azul presagiaba más que buenas condiciones climáticas.
Había que aprovechar para hacer el último paseo, así que nos encaramamos nuevamente entre medio de los cerros. Un poco dura la primera parte, pero las vistas hacia el pueblo y la bahía eran impagables.
Al llegar al mirador del Centinela, se logra ver hacia el otro lado de la isla: una densa vegetación y luego el mar brillante. No hay palabras.
Descendimos hacia el otro lado y nos internamos entre medio de los árboles. De repente, sonidos de pájaros y a menos de un metro, el picaflor de Juan Fernández. Habían varios revoloteando.
Seguimos por el sendero y en unos minutos llegamos al Rabanal, un bosque de lumas. De troncos claros y de caprichosas formas, reflejaban un esplendor especial cuando se colaban los rayos de luz. Precioso. Fue uno de mis lugares favoritos.
Regresamos al hotel, la ducha de rigor y nos subimos con mochilas y todo rumbo al pueblo. Me dio pena despedirme de la gente. Todos fueron realmente amables.
La despedida tenía que ser con buena comida. En mi caso, con un buen cebiche de pulpo, blando como pocas veces he probado... De repente cayó una fuerte lluvia, en diagonal, que nos hizo abrigar la esperanza de quedarnos...
Pero fue breve y partimos al muelle. "Está movida la cosa", nos advirtieron. Entre ola y ola quedamos empapados! Por suerte el gorotex hace lo suyo...  Llegamos al muelle después de una hora y ahí estaban los lobos marinos haciendo sus gracias. De ahí la camioneta, el camino empinado, los abrazos de despedida y arriba del avión. Esta vez no hubo vuela atrás y nos fuimos directo a Santiago...
Fue una aventura, sin duda. Pero fue sobre todo uno de esos viajes que llenan el alma. No sólo por los paisajes alucinantes, potentes, mágicos, sino por todo lo que te hace reflexionar. Sentir que uno vive disociado del mundo "real", de la naturaleza, del entorno. Que tanto estrés y agobio no tiene mucho sentido. Aquí la gente vive a otro ritmo, tiene menos cosas, las necesarias, tiene un wifi que se cae todo el rato y señal de teléfono sólo en algunos puntos. La gente conversa entre sí, se saluda, se ayuda, comparte. Tienen problemas, se quejan, la vida no es fácil... Claro. Pero es una vida más a escala humana. 
Este viaje fue una conexión conmigo misma. También con los otros. No sólo la gente de la isla, también con mis compañeros de grupo. Es entretenido descubrir sus historias. Somos todos distintos, pero unidos no sólo por una pasión, sino también por una búsqueda de tener una vida con más sentido. Eso es reconfortante.
Ahora, en mi departamento, en plena ciudad, siento que de alguna manera sigo en la isla. O que un pedacito de la isla se vino conmigo. Me fascinó esa rudeza, esa naturaleza agreste, que poco a poco deja entrever sus secretos. Constatar, una vez más, que es posible vivir de otra manera. También esa sensación de sentirse un punto en medio de la naturaleza inmensa, te da ese sentido de necesaria humildad. Fue un viaje redondo. De esas experiencias que te hacen regresar con la retina repleta de imágenes y el corazón más hinchado, más conectada, más contenta, más viva en el pleno sentido de la palabra. 




miércoles, 8 de octubre de 2014

Los isleños

Hay algo en esta isla que me sorprende tanto como el paisaje: su gente. En esta tierra escarpada viven unas 700 almas, aunque en la época del verano aumenta un poco con el regreso de los jóvenes que van a estudiar al continente. Muchos son nacidos y criados, hijos o nietos de los colonos que un día se instalaron y aprendieron a arar la tierra, criar animales y a satisfacer sus necesidades básicas. Aquí llegó de todo. Europeos, chilenos, aventureros, comerciantes, ganaderos, pescadores. Otros han llegado hace unos pocos años o incluso meses, traídos por esas intrincadas vueltas del destino: un trabajo, una pareja, unas vacaciones. 
Aquí todos se conocen por el nombre. La gente se saluda en la calle, aunque no te conozcan. Todos saben a quién pertenece tal bote o tal caballo. Aquí la gente ha aprendido a vivir con menos y a ser felices con las cosas simples. Aquí hay que ser un poco rudo, porque la vida no es fácil. Aquí llueve fuerte, los caminos son de tierra, no hay semáforos, la mayoría se dedica a la pesca de la langosta. Acá la gente espera  las cosas que trae el barco cada 15 días, y si la mar está mala, se quedan sin verduras porque se echan a perder. Acá la gente canta con guitarra y tambores. Y hay una bandera chilena casi en cada casa. Muchos parten a estudiar al continente, pero siempre vuelven, por que "la isla tira", dicen.
Aquí son bien machistas. El hombre tiene la última palabra. Pero protegen y cuidan a su mujer. Aquí la gente te conversa y está ávida de hablar con los recién llegados. Lo mejor fue la empanada de cangrejo con una cerveza bien conversada con el dueño del restorán y los pescadores, sobre la vida en la isla y en el mar. Hasta nos invitaron a un cumpleaños con unas vidriolas al disco... Hubiera ido encantada, pero en el hotel nos esperaban con música isleña, chivito al palo y langosta a la parrilla. Y más conversa mirando el mar. 
Esto sí que es hacer patria. Y para mí, un cable a tierra. Un conectarse con lo simple. El constatar que no necesito tantas cosas. En que la vida de verdad tiene menos Facebook y whatsapp, y más conversaciones cara a cara. Y si es con una rica comida y una buena copa de vino, tanto mejor.


martes, 7 de octubre de 2014

El tesoro

Dicen que entre tanto pirata y corsario que pasó por la isla, hay más de un tesoro escondido en ella. Famoso es un gringo que lleva más de 15 años cavando, con un costo de más de 3 millones de dólares. Hay historias de que antes, después de las lluvias, los riachuelos traían moneditas de oro que los niños recogían.
La isla está llena de tesoros, sin duda. El picaflor de Juan Fernández, con su plumaje de un rojo intenso y su aletear veloz, es uno de ellos. También el cachudito, ambos endémicos de la isla. A los dos los encontramos tras internarnos en un pangal, un verdadero  bosque de nalcas gigantes con sus flores rojas. Parecía como sacado de la prehistoria, como si en cualquier momento aparecería un dinosaurio. Era increíble estar ahí. 
Luego, árboles cubiertos de musgo, riachuelos, alfombras de flores, hojitas, troncos, gotitas de agua. Como un micromundo lleno de detalles. Y al alzar la vista, el cerro el Yunque, a 900 m de altura. Alucinante.
Pero tan alucinante como la tierra es el mar. Provistos de traje de neoprén, gualetas y lentes, nos lanzamos a un snorkeling por las aguas turquesa. Lo primero que soprende, tras el primer impacto del agua fría -aunque menos que en el continente- es su transparencia. Ni si quiera hay que alejarse de la costa para ver los pampanitos, unos pequeños peces bien azules. Y luego, el mundo submarino: estrellas de mar, langostas, pulpos, erizos... Es precioso, en verdad uno no lo puede creer. Me sentí como un Jacques Custaeu cualquiera.
A la mitad del trayecto, eso sí, sentí que mis piernas no me iban a responder mucho tiempo más. Así que decidí regresar. Con lo que había visto ya me daba más que por pagada. Los que siguieron tuvieron la recompensa de nadar con los lobos marinos. Una maravilla. Eran cómo perritos, me dijeron. Para la próxima...